5 dic 2012

Capítulo 31. Desamor

Sin razonamiento, sin conocimiento, sin más explicación se evapora un sentimiento.
Sin previo aviso, sin excusas, sin la necesidad imperiosa de señalar un culpable o nombrar un por qué.
Muerte silenciosa de amor cobarde. Coraza indeseable impuesta desde la sinrazón. Corazon abocado al desengaño, oculto tras la barrera del dolor, con miedo al qué dirán.
Besos que se escapan de la boca a la mejilla. Silencios de habitaciones donde dos respiraban a la vez. Rincones prohibidos de ciudades, calles malditas que significan mucho más que las fachadas de los edificios que en ellas habitan.
Un olor que nos hace girar buscando entre la muchedumbre la cara de quien una vez fue todo, y sin embargo encontrar la realidad de un mundo que sigue, mientras en tu letargo dejaste que aquello que tenías se escapara. 
Punzadas de un colchón eterno, que se extiende más allá de donde a tus brazos les gustaría alcanzar. Cine de recuerdos en la oscuridad más grande cuando cerramos los ojos y dejamos que un día más pase.
Obligación de firmar el adiós que jamás pronunciará tu boca, puesto que cómo despedir aquello que una vez pensamos eterno. Y sin embargo, ojos que ya no reflejan lo que dicta el corazón, si no el frío paralizante de la racionalidad. 
Caída sin red en el intento del triple mortal, efecto de la gravedad y la complejidad del asunto, que en el punto más alto de nuestra pirueta nos precipita a la soledad de la cama vacía, del “un vaso, un plato y mi ordenador”, de la manta no compartida, de la mirada furtiva a un móvil que no sonó.
Porque el amor es eterno, mientras dura. Pero hay veces que, parafraseando a J. Sabina: al punto final de los finales, no le siguen dos puntos suspensivos.

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